Fatalidad
Quiero relatarles una historia que dice así: Una noche un hombre tuvo un sueño. En él caminaba por la playa junto al Señor. En el cielo se veían reflejadas escenas de su vida. Ante cada escena veía en la arena dos pares de huellas: las de él y las del Señor. Luego de que pasara ante él la última escena de su sueño, se volvió a mirar las huellas en la arena. Notó que en muchas ocasiones, a lo largo de su vida, sólo había un par de pisadas. Se dio cuenta de que había sucedido en los momentos más tristes y oscuros de su vida. Aquello lo turbó mucho, y le inquirió al Señor: «Señor, dijiste que una vez que decidiera seguirte, caminarías conmigo hasta el final. Sin embargo, he notado que en los momentos más difíciles de mi vida sólo se ve las huellas de dos pies. No entiendo por qué me abandonabas cuando más te necesitaba». El Señor le respondió: «Hijo, mi hijito querido; yo te amo y jamás te abandonaría. En tus momentos de prueba y sufrimiento, cuando viste que sólo había dos pisadas, era porque yo te llevaba en mis brazos».

¿Qué les parece? ¿No es acaso, hermoso? Cuando llega la adversidad todo parece como si estuviera perdido, todo parece como si despedazara nuestra esperanza. Sentimos como si de repente un camión pesado nos aplastara contra el pavimento. Los negocios se nos caen. Los planes se desbaratan. Nuestra lógica ya no funciona. Todo entra en crisis. Es como cuando viene un gran huracán. A lo lejos vemos como se arremolinan las nubes negras; y vienen dando vuelta directamente hacia nosotros. No hay escapatoria alguna. No hay para donde correr. No hay donde ocultarse. Nos arropa con violencia. A medida que avanza el fenómeno va subiendo la intensidad de la fuerza. Nos golpea fuertemente. Nos quiere arrastrar, pero hay sólo un árbol y de él nos agarramos fuertemente.

En la vida espiritual hay una semejanza. Estamos quietos. Parece que todo lo estamos haciendo bien. Pero de repente aparece la mano correctora del Señor. Él utiliza la adversidad en nosotros para corregirnos. "Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos." (He. 11:8) Repito Dios utiliza la adversidad para corregirnos, porque Él nos ama tanto, que no quiere que nos perdamos, llenos de malas costumbres. Pero en el momento reaccionamos como el hombre del sueño: "No entiendo por qué me abandonas". Si, reaccionamos así. Al momento no nos damos cuenta que Dios está formando su carácter: el carácter de Cristo. Nos está esculpiendo sus marcas: las señales de los clavos. Nos está diciendo: "Tranquilo, hijo, yo estoy contigo. No te he abandonado. Siempre estoy contigo". El Señor lo que está haciendo con nosotros es preparándonos para grandes proyectos. Preparándonos para grandes empresas.

Observemos a un gerente de un banco. Cuando a él lo emplean, no lo colocan inmediatamente en el cargo de gerente. Primero lo preparan en muchos oficios. Lo pasan por todos los departamentos: Archivo, recepción, atención al público, etc. Es algo gradual. ¿Quién dice que él no va a tener muchas equivocaciones? ¿Cuántos errores cometerá? ¿Cuántas veces lo llamarán para exhortarle? ¿Cuántas veces se quedará hasta tarde cuadrando caja? Y si le falta dinero, tiene que pagarlo de su sueldo. Todo esto le sucede antes de llegar a ser gerente. Así es Dios con nosotros; primero nos hace pasar por adversidades, pero es para pulirnos. Dios está preparando a sus escogidos para llevarlos a palpar, a experimentar su poder. Estamos a punto de ser investidos de ese poder glorioso, pero antes debemos pasar por los departamentos del cielo. Debemos dejarnos llevar por la onda del Señor. Estamos en la universidad de Dios. Es Él quien pone las reglas. Es Él quien dicta las pautas. Pero como no dejamos que sea Él quien obre en nosotros; porque siempre el viejo hombre está allí mismo en nosotros, latente, esperando para reventar; esperando para chismear; esperando para lanzar insultos. Está agazapado, dándonos en las costillas para que aflojemos la oración, la comunión con Dios. Dándonos para que caigamos en pecado.

Pero, allí viene la adversidad para contrarrestar esa acción sucia de nuestro viejo hombre. No debemos olvidarnos que esa vieja naturaleza estará con nosotros hasta el momento en que seamos transformados, o partamos con nuestro Señor a los cielos eternos. Es una lucha a muerte, pero dice el Señor en su bendita Palabra: "No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia" (Is. 41:10) Cuando nosotros creemos que estamos derrotados, es porque el Señor está poniendo ese sentir para que nosotros entendamos que sin Él no somos nada, que sin Él no podríamos resistir ni un segundo. Para que entendamos que no somos autosuficientes, sino que debemos depender enteramente de Él. Alegrémonos por la adversidad. Cuando ella nos golpea de frente, nos tambalea. Pero no nos detengamos allí, sino que clamemos a Él, dependamos de Él para la fortaleza. Estoy seguro que Él no se tardará en socorrernos. Es decir, sentiremos que Él siempre ha estado allí con nosotros. El hombre del sueño pensaba que el Señor no estaba con él cuando más lo necesitaba. Él se equivocó. El Señor siempre había estado con él, pero lo que pasaba era que él se enfrascaba más en la circunstancia que estaba pasando, y por un momento se olvidaba de la promesa: "No temas, porque yo estoy contigo".

Esto es para nosotros, para todo aquél que le ha dicho al Señor: "Te acepto como mi único y suficiente Salvador personal". Sabes lo que has dicho: MI SUFICIENTE. Esto quiere decir que ya no necesitamos ninguna otra fuerza espiritual en nuestra ayuda, sino solamente la que el Señor nos ofrece. Solamente esa que está allí mismo con nosotros, pero no la experimentamos, no la palpamos, porque nos abocamos más a ver las circunstancias que nos están rodeando, nos vamos más a nuestra lógica humana y materialista. Dios no trabaja así; Él trabaja con nuestro granito microscópico de mostaza. Él dice que si tu crees en él grandes cosas experimentarás. Grandes cosas harán. A la vuelta de la esquina nos esperan grandes promesas del Señor Jesucristo. Una de ellas dice así: "El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también" (Jn. 14:12). Nos esperan grandes cosas; proyectos enormes, y para eso el Señor nos está preparando. No nos dejemos entretener por el enemigo. Luchemos hasta la muerte para que el propósito de Dios en nuestras vidas se lleve a cabo. Para finalizar veamos lo que dice la Palabra del Señor: "Y sabemos que a los aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Ro. 8:28).

Diac Gonzalez » dgonzale@bjservices.com